martes, 13 de noviembre de 2007

P R O Y E C C I O N E S . . .


Pablo vino al mundo con físico enjuto. Inauguraba toda epidemia de enfermedades infantiles de estación. Los celosos cuidados maternales fueron decisivos para superar a la situación mediante buena alimentación y medicina científica.
Dentro de esa terapia profiláctica se incluyo la afiliación al Club de Remeros que ofrecía una diversificada cartelera deportiva y gimnástica para el convaleciente
.
Al padre pese a que la captó no le satisfizo demasiado como bálsamo. Imaginaba para su hijo unigénito un destino sedentario y burocrático que debía comenzar con rigideces exclusivistas en el control de su educación extracurricular. Clases de Inglés…de Informática…según la vieja tradición familiar que había dado una secuencia jamás interrumpida de profesionales universitarios, todos conservando desde hacía cuatro o cinco generaciones el mismo nombre, Pablitos ellos.
Hombre de temperamento autoritario, no tenía dificultades de opción cuando ocasionalmente se le superponían al niño los horarios del club con los estudiantiles.
-¡Marche ligerito al Inglés! ¡Faltaría más!, ordenaba prepotente.
Pablito tomaba "The first book" y marchaba silencioso, a tren cansino rumbo al Instituto idiomático, pensando qué estarían haciendo los compañeros de juego a esa hora en la que caminaba rumbo a destino no deseable.
A medida que pasaron los años asumió más obligaciones de perfeccionamiento que le distanciaron de las actividades físico recreativas. Casi totales en ausencia .Pero Pablo, aparentemente, lo integró.
Carrera brillante fue la suya en la Facultad de Leyes. Abogado a los 24 años. Y padre de Pablito jr. a los 25. Una envidiable inserción social y profesional la que, sin embargo, resultaba insuficiente para ocultarle una estampa característica de hombre triste y recluido
Pablito jr. tras el Jardín de Infantes ingresó simultáneamente en la escuela y en el club de Baby del barrio residencial de la familia. Allí estuvo vigilante Pablo grande, siguiendo muy de cerca y con placer inocultable las evoluciones del pequeño futbolista.Se le borraba la arruga del entrecejo y el pecho se expandía cuando el gurisito hacía avances en los fudamentos de base. Con bonohomía, el Doctor se integró a la Comisión de la entidad infantil que presidió con orgullo paternal.
El niño prosiguió adquiriendo con naturalidad habituales automatismos a ritmo propio. Ni más veloz ni más lento que los condiscípulos , algunos de ellos muy dispuestos a dejar pasar distraídamente una pelota en normales variables de atención a esa edad parvularia, atraídos por el avioncito rojo que allá lejos cruzaba el cielo por la punta oeste de la Isla porteña, sin importarles que había que empatar el juego.
Por fin llegó el día del aguardado gran acontecimiento, el debut contra un cuadrito de otro barrio. Se afeitó Pablo con especial dedicación y se vistió con equipo deportivo, Addidas, multicolor y llamativo. ¡El vástago de su amor debutaba en un Torneo principal! ¡Y él era el progenitor de la gran promesa!
Comenzó el juego.
Pablo fue perdiendo insensiblemente su circunspecto gesto de señor en la medida que la inmadurez de los actorcillos no ajustaban sus giros iniciales a las expectativas tan extemporáneas del severo crítico.
Gritaba desaforado…daba instrucciones tácticas y con ademanes dignos de Marcel Marceau,el famoso mimo francés recientemente fallecido, enseñaba, no se sabe a quiénes, el arte de parar y castigar una pelota que nunca conoció y menos dominó cuando niño fue...
Se cambiaba de lugar como león enjaulado. Sus iras crecieron primero hacia el Juez. Hacia los compañeritos del hijo después. Finalmente hacia los pequeñitos del cuadro adversario que miraban con inocente curiosidad al gritón. Hasta que le llegó el turno a sus colegas de la Directiva. Fuera de sí, nada le venía bien. Ni el pedido de tranquilidad y cordura de su esposa, avergonzada con los desplantes del alienado marido.
El partido se perdió por goleada, tanto como el autodominio del transfigurado adulto de aquella fiesta infantil que terminó perturbando con sus achaques de hincha de cuadro grande en la Colombes en un día de clásico tensionado.
-¡Qué horrible eres Pablito! Cuando yo jugaba….
El chico a la noche tuvo pesadillas. Ahora no quiere ir más al Club.
Pobre Pablito niño…pobre Dr.Pablo padre...

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