domingo, 4 de julio de 2010

La Opinion del Dr.Carlos Maggi:Un Ejercicio de Sabiduría a Partir del Fútbol pero para la Reflexión in Totum

El que avisa no es traidor, se ha dicho, y creo que en la mayoría de los casos, bien, cuando de por medio existen ajustes lógicos a la mayoría de casos vinculables a decisiones. Mi admiración por el Dr.Carlos Maggi se ha desparramado varias veces en "charadas"  reafirmando mis propios conceptos que tomaron vitaminas de su magno vademecum cognitivo. Por eso extraigo de El País de Montevideo de la fecha, una nota afin y rectora de mis coincidencias con el  gran intelectual nacional.
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PCi & pce

J´accuse...! Larrionda es inocente.
CARLOS MAGGI

El domingo 27 de junio fue un día siniestro para el fútbol del mundo. Y lo peor fue que nos tocó a los uruguayos, un refilón de responsabilidad en ese desastre.
Sin que mediara la menor sospecha de parcialidad, el hecho fue que un excelente juez como Jorge Larrionda, invalidó el segundo gol con el cual los ingleses remontaban un dos a cero de los alemanes.
¿Hubo culpa del juez? Larrionda que no pudo apreciar la trayectoria de la pelota, estaba de frente; hizo lo que podía: consultó al juez de raya y ese juez, tampoco había visto lo que vio y grabó la televisión: la pelota (tomada desde un ángulo mejor, desde arriba) aparece después de golpear en el travesaño, pegando contra el suelo, cuarenta centímetros adentro de la valla alemana.
Todo en el deporte es esencialmente fáctico: se triunfa o se pierde, según lo acaecido. En consecuencia, resulta obsceno que un juez niegue un gol cuando aparece fotografiada la pelota adentro de la valla.
En el tenis los tantos se definen de acuerdo a un control electrónico, con un margen de error de un milímetro. Y a todo el mundo le parece bien.
Si cambia la forma de documentar, cambia la memoria.
Y este vuelco histórico es inevitable porque, la tecnología actual superó largamente a la naturaleza. La percepción del ojo humano no alcanza la precisión y la ubicuidad del lente fotográfico.
Kant explica la diferencia entre la cosa en sí, y la cosa como objeto de nuestro conocimiento. Conocemos a través de nuestros sentidos que cambian lo real.
Larrionda es víctima de esta imprecisión congénita… epistemológica, un clásico en la teoría del conocimiento.
Las cámaras de televisión, que son varias al mismo tiempo y que están más dotadas para registrar y memorizar lo que sucede, superan en mucho a los cinco sentidos humanos.
Si no hubiera televisión, la decisión del árbitro hubiera sido una pecata minuta, nunca aclarada.
Lo grave es que está perfectamente aclarada; la situación actual es el sarcasmo que crea la TV. El mundo entero supo qué pasó y el juez que decide era el único que no lo sabía.
Hubo un desmentido a cargo de un lente (cien veces más fiel que el cristalino), que viaja a muchos metros de altura, llevado por el brazo larguísimo de una grúa. Por consiguiente, los baches en la visión de un árbitro se transforman en irrisión. Y cuanto más y mejor sea la técnica, más hará que la contienda deportiva, sea motivo de burla y de rencor.
El deporte pasa a ser un multiplicador de la injusticia; difunde ad nauseam un hecho irregular, inapelable; sin arreglo posible.
El bochorno no es para el juez (un hombre honrado y muy eficiente en su oficio), el bochorno (si es que existe) sería para la especie humana que se ve superada por sus propias creaciones.
Pero exculpar a Larrionda, no significa exculpar al sistema.
Al revés, es la organización, la que está en falta. ¿Qué se hizo para prevenir estas situaciones calamitosas?
No hay deporte más tradicional que la esgrima. Pero el mínimo toque se registra electrónicamente, porque la vista no da para ver la punta de una espada en duelo.
¿Alguien se opuso al control electrónico?
Conocido el caso Larrionda, el maestro Tabárez propone, a la uruguaya, más de lo mismo: seis árbitros en vez de cuatro. Los cuatro actuales y dos más verificando qué pasa cerca de los arcos; y agrega con ánimo tranquilo:
Nada de técnica en los arbitrajes. (¡!)
Parecería que la verdad no importa.
Todo lleva a suponer que los seis árbitros quedarán en ridículo cada vez que la tecnología ponga de manifiesto, los inevitables errores humanos de la comparsa referil.
Solo la TV puede mostrar qué pasa; los lentes son más y más rápidos que la vista. Lo que importa es evitar que los jueces sean públicamente desautorizados.
Más importante que el modo mediante el cual se averigua algo, es la justicia que hace el juez.
Más importante que el modo mediante el cual se averigua algo, es la verdad sobre la cual descansa el fallo.
La justicia es buena cuando sus fundamentos son inatacables; por consiguiente, es contraindicado imponer métodos de prueba aproximados, cuando están disponibles medios de prueba absolutamente exactos.
Resulta obsceno que un juez niegue un gol y que solo minutos después aparezca la pelota fotografiada adentro de la valla.
Instalado el replan, no hay otra que ayudar al juez para que resuelva de inmediato su fallo y lo adapte a la visión técnica.
Desatender las pruebas fehacientes es demencial.
La FIFA cuando legitima errores de fondo, sin haber hecho todo lo posible para evitar las aberraciones, está defraudando a todos público y equipos.
Este es el bochorno del 27 de junio del 2010: que la organización permita descalabrar la confianza, desamparando a sus jueces de la ayuda técnica que necesitan.
Cuidado con los partidarios del atraso, no solo de talento carece su juicio, también la indolencia participa. Los mismos ingleses tradicionalistas, piden en Wimbledon la máquina que sigue a 200 kilómetros por hora, la pelotita amarilla.
Si la FIFA admite que un "uno a cero" en la realidad, se oficialice como un "cero a cero", en todos los casos el resultado será escandaloso. La FIFA debe prever la situación y darle la salida honrosa, que está a su alcance: 5 cámaras en torno al área penal.
El deporte no puede ser desvirtuado; cumple dos funciones admirables:
1) Sustituye el horrible drama de la guerra, por una contienda reglada, donde se mide la fuerza física y el carácter, la habilidad y el aguante de los contendores. Y para que esa ilusión funcione, es de su esencia que los resultados de la lucha sean verdaderos y no, falsos.
2) Estimula a los espectadores para que practiquen ejercicios similares a los que presencian. Por un profesional que llega a la victoria, hay una multitud infinita de imitadores que actuando a la manera de los campeones, hacen una vida más sana, le dan a su cuerpo la atención que requiere.
Con el criterio hipócrita de los reaccionarios, lo mejor sería prohibir la trasmisión televisiva, para que nadie supiera la verdad.
El juez decide y no hay pruebas en contra. Pero el juego deportivo, no es un juego simulado, no es teatro; es circo. Los hechos son imprevisibles y están sucediendo, por eso apasionan; no hay trucos, la lucha es verdadera. Son gladiadores que pelean a muerte, sin que haya muerte.
Cada partido es la hora de la verdad; y es hermoso que así sea.
El País Digital

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